Cualquier encuentro escénico con Patti Smith resulta un acontecimiento en sí mismo. Poder disfrutarlo, es un privilegio. La cantante, compositora y escritora de Chicago ha abierto tantos caminos para la creación durante el último medio siglo que no debe extrañar la veneración que se le profesa. Esta noche, en el Teatro Real de Madrid, protagonizó una de esas veladas para la historia. Su sola presencia bajo los focos justifica la atención, el entusiasmo y el fervor con que los melómanos se aproximan a su obra desde siempre, pero esta cita en el coliseo madrileño para celebrar el cincuentenario de la publicación de “Horses”, su primer álbum, interpretándolo al completo, era más especial todavía.
Aquel debut –icónico por fuera y sustancial por dentro– enriqueció un discurso renovador y pionero en un contexto de considerable actividad sísmica, la erupción del punk neoyorquino, que en pocos meses registraría violentas réplicas en Reino Unido, extendiéndose por todo el mundo y enterrando en lava eléctrica el viejo orden del rock and roll. Pero las canciones de “Horses” no son meras piezas de museo, siguen resonando cincuenta años después con su intensidad, fiereza y lirismo originales, de manera transversal e intergeneracional. Lo hemos comprobado y vivido en carne propia, es un recuerdo que va a acompañarnos el resto de nuestras vidas.
Junto a Patti Smith, frente al público que llenó el Teatro Real hasta la bandera, dos de los músicos que grabaron “Horses” en otoño de 1975 en los legendarios estudios Electric Lady que Jimi Hendrix había establecido en el Village neoyorquino en 1968: el guitarrista Lenny Kaye y el batería Jay Dee Daugherty. También un histórico de la banda, el bajista y teclista Tony Shanahan. Y un músico mucho más joven que ellos –el guitarrista y bajista Jackson Smith, hijo de Patti y del llorado Fred “Sonic” Smith, otro precursor punk al frente de MC5– recogiendo con fuerza el testigo de la matriarca, aportando el extra de nervio voltaico que estas canciones reclaman.



